zazen
zazen
 
 
Zen

COMPASIÓN

Compasión es con - pasión. La pasión es uno de los grandes temas del ser humano. Es el motor que mueve al mundo. Une a los amantes y promueve las bellas artes. Pero también genera guerras y luchas por el poder. Nace de las entrañas. Es el amor hecho cuerpo. El apasionado se entrega de cuerpo entero a aquello que ama y pone en ello toda su energía. Pero este sentimiento va generalmente acompañado de envidia, ansiedad, angustia, temor. Para el común de las personas, la pasión está siempre relacionada con el sexo, con los celos, las intrigas y las lágrimas. Con la emoción desbordada y el sentimentalismo. Esa es la pasión que conocemos. Cuando el amante dice: “Te amo más que a nada en el mundo”, lo que en realidad está diciendo es: “No debes mirar a ningún otro más que a mí”. Mal que nos pese, nuestras grandes pasiones son puro egoísmo. Son, en verdad, pequeñas mezquindades que se refieren siempre a nosotros mismos. Es por eso que nunca alcanzamos la verdadera felicidad. Es natural que los niños sean egoístas. Ellos están formándose una personalidad, un ego. Pero en algún momento –si queremos crecer y madurar- debemos dar el salto, invertir la polaridad. El amor infantil de la envidia, los celos y el miedo, es la energía dirigida hacia un centro. Hacia un ego que pide, pide y pide y nunca está satisfecho. Si se comprende esto cabalmente, la madurez aparece. De ese modo la pasión, que antes era pequeña y egocéntrica, se hace grande y se expande hacia todos los seres. Se transforma en compasión. Pasión-por-todo. Pasión-con-todos. La mayor felicidad. El amor auténtico está más allá de todo egoísmo. Es una expansión, una entrega sin límites, un puro y completo dar. En nuestro próximo encuentro te hablaré de este tema.

 
Zen

DAR

El egoísmo pide. El amor da. Nuestro nacimiento en este mundo se debe, sin dudas, al dar de la madre. Eso se llama amor, puesto que el amor no es otra cosa que dar. Dar es darse completamente sin esperar respuesta ni retribución. El bebé lo sabe. Pero muy rápidamente nuestra frágil conciencia se va envolviendo en el caparazón del ego y se acostumbra sólo a pedir. Así comienza nuestro sufrimiento puesto que el egoísmo pide y pide y nunca está completamente satisfecho. Por lo general, nuestro dar es condicionado. Un especie de trueque. Tanto me das, tanto te doy. Eso está bien para el comercio, pero con la vida no funciona y al final siempre se termina perdiendo. Cuando se hace contabilidad con los afectos, el saldo es siempre negativo. En El Principito, Saint Exupery escribió:
“Los hombres compran cosas hechas a los mercaderes, pero como no hay mercaderes de amigos los hombres se han quedado solos”. El verdadero amor no tiene límites. Y como no tiene límite, todo lo que des te será devuelto. “Siembra viento y cosecharás tempestades”. Siembra aunque sea una mirada de afecto, un gesto cariñoso, y recibirás todo el amor del universo. Nuestro primer acto en esta vida fue una inspiración. El aire estaba ahí, esperándote, y llenó tus pulmones. Pero para continuar vivo tuviste que expirar. Recuérdalo. Dar es la clave. Sin dar no hay recibir. Y cuanto más se da más se recibe. Esta es una ley cósmica, universal. Si se comprende esta ley, si se la pone en práctica, nuestra vida cambia sustancialmente. Tal vez al principio te cueste, por que piensas que si lo das todo te quedarás vacío. No tengas miedo. No es así, porque todo lo que das siempre vuelve a ti multiplicado. Inténtalo.

 
Zen

DESEO

El deseo y el miedo van juntos. Son las dos caras de una misma moneda. La dificultad para comprender esto reside en que, cuando vemos una cara, la otra queda oculta. Es así, aunque no se lo vea juntos, no se los puede separar. El miedo es la espalda del deseo y viceversa. Ambos nacen en la inquieta mente del hombre, y están tan arraigados en nosotros, que no son pocos los que piensan que vivir sin miedo o sin deseos es imposible. Si somos sinceros con nosotros mismos y nos observamos atentamente, veremos que siempre estamos anhelando, deseando alguna cosa.
Vivimos como si algo nos faltara. Decimos:”Si pudiese alcanzar esto o aquello sería feliz”. Somos como niños ávidos de juguetes que, aunque lo tengamos todo para estar contentos, siempre estamos deseando un juguete mas. También decimos: “Si lograra escaparme de esto estaría tranquilo”. Pero no lo logramos y, aunque nos ocultemos en el armario, siempre estará allí el temor y el deseo de alguna cosa nueva o diferente. Escapar o perseguir, esa es la constante generada por nuestra inquieta mente. Siempre inquietos. Siempre corriendo. Siempre insatisfechos. Un eterno círculo vicioso sin principio ni fin. Lo deseado nunca se alcanza. Es como el horizonte, cuando llegamos allí donde lo vimos, él está lejos. Todo cambió. ¡Estuviste tan enamorado! Y ahora miras ese rostro y te preguntas dónde está aquello que hasta hace poco parecía estar ahí. ¡Qué desilusión! El mundo de las computadoras e Internet despliega ante nuestros ojos un fantástico universo virtual. El deseo hecho realidad. ¡Qué maravilla! Pero, en un instante... ¡Crac! Se “cae” el sistema y todo desaparece en menos de un parpadeo. Cuando se comprende, cuando se deja de escapar o perseguir, surge la perfecta libertad.

 
Zen

MIEDO

El miedo tiene muchos rostros, pero su verdadero rostro nadie lo conoce. Puede esconderse detrás de una sonrisa o debajo de la cama. Aparecer de improviso o crecer lentamente por tus tripas o tu espalda. No respeta horarios ni lugares fijos. Le gustan las sorpresas y surge cuando menos se lo espera. Te hace temblar, correr y escapar y, a veces, te aterra hasta paralizarte. Puede congelarte en pleno verano o hacerte transpirar en medio de la nieve. Pero en cualquier caso, siempre es una fuerza poderosa que te posee. Es el miedo. El miedo es la otra cara del deseo. Surge allí en donde hay cosas que ocultar o defender. El temor a ser descubiertos o que nos quiten lo que poseemos. Entonces podemos sentir que está ahí, como una sombra, acechándonos, rodeándonos, como un suburbio por donde entran la enfermedad y la muerte. Ante él, algunos se arrugan y se achican y otros se envalentonan y se agrandan. ¿Escaparse? ¿Perseguirlo? No sirve de mucho. Porque sea cual sea nuestra reacción, él siempre estará ahí. A veces parece retirarse, vencido, pero ten por seguro que pronto volverá a aparecer. Y con más fuerza. También esta el miedo a lo desconocido. El miedo a la muerte y el miedo a la vida. Y la timidez, que es un temor homeopático que se bebe a cuentagotas y de por vida.  Todas estas formas del miedo son como las innumerables ramas y hojas de un árbol frondoso. De nada vale cortarlas puesto que, cuanto más las cortas, más vigorosas vuelven a brotar. A veces, uno puede tomar una hoja en particular y analizarla. Pero mientras no se penetre en el tronco y se llegue a su raíz, será inútil. Cuando se llega hasta ahí, el miedo desaparece. La raíz esencial del miedo es el deseo, su verdadero rostro. Si nadie ha visto alguna vez este rostro verdadero es porque, en realidad, el miedo no existe.

 
Zen

SOBERBIA

La soberbia necesita adornos. Como es bien sabido, la soberbia es uno de los siete pecados capitales. Pero antes que pecado, yo diría que es un enorme desperdicio de energía tratando de aparentar aquello que en verdad uno no es. Un soberbio es un ego inflado. Cuanto más pequeño, más energía hay que insuflarle. Pero, como todo aquello que se infla, siempre tiende a desinflarse. Entonces el pobre ego anda todo el tiempo atareado, tratando de sostener la presión para mantener su imagen. Necesita cosas con las cuales adornarse y necesita –sobre todo- de los otros. Oyentes, escuchas. Súbditos. Necesita de un público. Alguien a quienes mostrarle lo grande que es, lo importante, lo rico o lo inteligente que es. Hombre o mujer, viene en todos los tipos y colores. Y los adornos que utiliza para sostener su orgullo son de lo más variados. Desde su flequillo a su auto. Desde su colección de revistas antiguas a sus habilidades culinarias. Todo puede ser. No importa tanto la cosa en sí como su forma de presentarlo. Incluso la modestia –que es su opuesto- puede ser un adorno. “Ojo que, si me lo propongo, puedo ser el más modesto de todos”. La soberbia agranda, magnifica, destaca. Necesita de un pedestal, o por lo menos de tacos altos. Y allí abajo... los súbditos, los comunes, los inferiores. Porque una de las formas de la soberbia consiste en achicar a los otros para agrandarse uno o, lo que sería lo mismo, brindarles a “esos pobres” su mirada magnánima. Lo que los soberbios no saben –o tal vez si y por eso están siempre a la defensiva- es que es muy fácil desarmarlos. Es suficiente con encontrar cuál es el motivo de su orgullo y agrandarlo. Halagarlos, mostrándoles lo magnífico que él o ella son. Por más soberbia que sea una persona, si se insiste suficientemente sobre ese punto, termina desarmándose. La soberbia necesita de los halagos. Y cuando no los tiene se enoja: “¡Usted no sabe con quién está hablando!” Pero si se los aumenta, entonces se inflan a más no poder, hasta que en algún momento terminan estallando y se transforman en los pequeños seres que verdaderamente son. De algún modo, la soberbia es semejante a la comida chatarra: engorda, pero no alimenta. El ego se expande y engorda, pero en lo íntimo uno permanece flaquito y esmirriado. Es triste. No vale la pena tanto trabajo, tanta energía inútil para defender aquello que no puede ser defendido. Que más tarde o más temprano terminará por deshacerse. En el fondo, los soberbios despiertan compasión. A pesar de sus esfuerzos y despliegues teatrales se los ve pequeñitos, frágiles y sufrientes, encerrados en su gran globo de magnificencia. En este mundo impermanente, los hombres vamos y venimos. Somos como esos hongos que nacen en la noche y a la mañana siguiente desaparecen. El maestro Dogen* escribió: “Es deplorable fatigar para nada un cuerpo humano durante toda una vida”. Nos creemos importantes, pero un buen día nos tocan en el hombro y nos dicen: “Señor, se acabó, llegamos a la Terminal.”

* Eihei Dogen: Monje budista nacido en Japón, (1200-1253).

 

© www.zazen.cl